
Seamos brutalmente honestos por un momento. ¿Esa contraseña que usas para tu cuenta de intercambio de criptomonedas? ¿La que tiene el nombre de tu perro y tu año de nacimiento? No es una puerta fortificada que protege tu oro digital. Es una puerta de malla. Un atacante decidido, armado con nada más que un registrador de teclas, un correo electrónico de phishing o una lista de contraseñas filtradas de la violación de algún otro sitio, puede atravesarla sin problemas.